martes, 2 de noviembre de 2010

Frases y párrafos sobre la lectura

  Leer toda la vida 
http://www.imaginaria.com.ar/2012/06/leer-toda-la-vida/

Detalle de una ilustración de Quint Buchholz para su obra El Libro de los Libros. Historias sobre imágenes (Barcelona, Lumen, 1998).
—¡Atiza!— dijo Superman.
—¡Cáspita!— exclamó Jaime Olsen.
A los seis años yo aprendía a leer con historietas de superhéroes y vaqueros con nombres raros que hablaban un castellano distinto al que escuchaba todos los días, lleno de expresiones incomprensibles, cuyo significado tenía que estar preguntando constantemente a mis maestros o mis padres. Ahora que lo pienso, en los textos que más me gustaron siempre hubo algo extraño, algo que me alejaba o que me mantenía distante. Los personajes de estas historias eran magníficos. Quiero decir, esta gente volaba, tenía visión de rayos X, superfuerza, o se batía a duelo y sacaba el revólver más rápido que nadie. Ninguna de las personas que yo conocía tenía habilidades siquiera parecidas.
Creo que entre las primeras cosas que me atrajeron de la literatura, una fue su capacidad de fundar un lugar donde todo era posible. Otra fue sin duda la promesa de que algo más iba a pasar. No importaba en qué instancia de la lectura uno estuviera: siempre era lícita la esperanza de que la historia seguía. Y aún después del final, la imaginación continuaba trabajando.
Cuando cumplí diez años alguien me regaló dos libros publicados por Molino, una editorial española, que hoy presumo extinguida. El autor era Richmal Crompton y ambos narraban las aventuras de un niño inglés y terrible llamado Guillermo. Acaso demoré unos meses en decidirme a empezarlos. Sólo sé que cuando lo hice, no pude dejarlos nunca. No deseaba hacer otra cosa sino leer. Me peleaba con mis padres porque no quería ir a comer cuando me llamaban, no quería ir a la escuela, no quería dormir. En pocos días me convertí en un sujeto famélico e insomne que había trazado un plan: leer toda la vida, prolongar al infinito ese placer que me arreciaba como una tormenta.
En las historias de Guillermo encontré algo que jamás había percibido antes. Algo que (después supe) se llamaba estilo. Significaba que aquello que me atraía no era tanto la historia, sino cómo estaba contada. Y que esa manera de narrar tenía que ver con la voluntad y el pulso particulares, únicos, de un autor.
Los años trajeron otros libros. Sin embargo, mi primer amor fue la colección de Guillermo, escrita por el misterioso —o la misteriosa, algunos afirmaban que era el seudónimo de una mujer— Richmal Crompton. Hoy ya no la tengo, la he buscado desesperadamente, pero no he podido recuperarla. Como sucede con todo primer amor, la perdí sin saber cómo. Acaso sea mejor así, aunque el tiempo que pasa la hace tan maravillosa que a veces dudo de que realmente haya existido.
Después de Guillermo, vino la colección Robin Hood. Me deslicé cada noche por los marjales codo a codo con el príncipe valiente, de Harold Foster, y, apretando entre los dientes la hoja de un cuchillo, integré las bandas de piratas malayos de Emilio Salgari (con mayor admiración todavía cuando, algo más tarde, me enteré de que el escritor no había estado en la Malasia y que no había salido nunca de Italia).
En mi decisión de dedicarme a las palabras, seguramente tuvieron que ver tres profesores en la escuela secundaria. Quiero hablar de ellos ahora, porque es mucho lo que les debo e ignoro si habrá una mejor oportunidad para hacerlo. Yo concurría al Colegio del Salvador, en Buenos Aires, que está sobre la avenida Callao. Confieso que toda la primaria había odiado Lengua y cuando ingresé a primer año no planeaba cambiar de sentimiento al respecto. Mi profesor era Alfredo Maxit, un entrerriano despacioso. Sospechando que el tiempo pasaría sin pena ni gloria, un día lluvioso, acomodaba la cabeza entre mis brazos cuando tuve un primer llamado de atención que me advirtió que las cosas podían ser distintas: el profesor leyó “Recuerdo Infantil”, de Antonio Machado:
“Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales…”
Era tan justo todo. Se llevaban tan bien todas las cosas en ese momento —la lluvia en el patio mi colegio, la melancolía que no sé por qué razón siempre me acompañaba, los colores y los sonidos del poema— que mi corazón empezó a seguir un ritmo impensable.
Pero otro día fue, creo yo, el definitivo. Maxit nos leyó “El hombre muerto”, de Horacio Quiroga. No puedo explicar de qué modo se dispusieron las palabras en el aire, sólo recuerdo que tanto estragaron mi alma, que cuando concluyó la lectura, con la respiración agitada, me dije: esto quiero hacer; quiero provocar en otros lo que ha sucedido hoy en mí.
Del segundo profesor conservo unos pocos rasgos: piel oscura, bigotes finos; un apellido, Meyer; la inquietante lectura que hizo en clase de “La lluvia de fuego”, de Leopoldo Lugones, y el legendario trabajo, seductoramente inútil, de haber traducido el Martín Fierro al griego clásico.
Carlos Carlevaro fue mi profesor de quinto año. Una mañana avisó de una prueba escrita que tomaría a la semana siguiente sobre un libro del programa. En el recreo me acerqué a él y le comenté que estaba leyendo Cien años de soledad, y que realmente me costaba mucho sustraerme de la atmósfera hipnótica de Macondo. Él me dijo entonces que olvidara el libro que había pedido e hiciera la prueba sobre el texto de García Márquez. En aquel momento, la propuesta me pareció de gran bondad y condescendencia, hoy me emociona por lo sabia. Trabajando yo mismo como profesor de secundaria, su actitud me ha iluminado siempre para mostrarle a mis alumnos que la literatura sabe mejor cuando se sirve con la libertad y el deseo.
Ingresé a la Facultad de Letras con un solo propósito: hacerme de algunos recursos indispensables para leer y escribir aceptablemente. Sé que fueron años importantes; hoy conservo poco de ellos: un puñado de emociones atadas a algunos textos y la voz de dos o tres profesores queridos. Me recuerdo soberbio e ingenuo, porque todo soberbio lo es, convencido de mis infalibles interpretaciones, escribiendo poemas en las horas de clase. Consideraba a la poesía como la reserva moral de la literatura y me juraba que nunca escribiría otra cosa.
En esa época descubrí poemas que me acompañarían toda la vida.
Uno refrescante de Arquíloco, el griego que por fin se reía de los ideales heroicos de la Ilíada y mostraba una sana marginalidad:
“Uno de los Sai alardea con el hermoso escudo
que a mi pesar abandoné entre los arbustos.
Pero salvé mi vida. ¿Qué me importa del escudo?
Que se vaya al diablo; me compraré otro mejor.”
Uno de Safo, como un melancólico guiño, en donde el ser amado siempre brillaba lejos del alcance de uno:
“Como la manzana más dulce en lo alto enrojece la rama,
alta en la rama más alta: escapó de los recolectores.
No, no escapó; en realidad, no han podido alcanzarla.”
La muerte y la vida, en los leves pero graves versos de Asclepíades:
“Mezquinas tu virginidad. ¿Y para qué?
Yendo al Hades, no encontrarás un solo amante.”
Pese a que una profesora en primer año me había advertido que “la Facultad de Letras no era para quien quería ser escritor”, en 1979 yo terminaba mis estudios y me sentía bastante conforme. En esos últimos tramos leí un autor que, creo, fue determinante para mi vida: el peruano José María Arguedas. En Los ríos profundos, en el primer capítulo, hay un párrafo que describe el Muro del Inca:
“Toqué las piedras con mis manos; seguí la línea ondulante, imprevisible, como la de los ríos, en que se juntan los bloques de roca. En la oscura calle, en el silencio, el muro parecía vivo, sobre la palma de mis manos llameaba la juntura de las piedras que había tocado.
(…)
—Papá —le dije—. Cada piedra habla. Esperemos un instante.
—No oiremos nada. No es que hablan. Estás confundido. Se trasladan a tu mente y desde allí te inquietan.
—Cada piedra es diferente. No están cortadas. Se están moviendo.
Me tomó del brazo.
—Dan la impresión de moverse porque son desiguales, más que las piedras de los campos. Es que los incas convertían en barro la piedra. Te lo dije muchas veces.
—Papá, parece que caminan, que se revuelven, y están quietas.
Abracé a mi padre. Apoyándome en su pecho contemplé nuevamente el muro.”
Por primera vez, sentía a todo un pueblo en una sola voz, original y estéticamente sólida. Por primera vez en un texto no me molestaban los diminutivos y los signos de admiración, a los que había mirado siempre con desconfianza. Pero había algo más: en Los ríos profundos, el castellano se fusionaba con el quechua y producía una música desgarradora y honda, tierna y dolorosa. El castellano traducía las emociones del quechua y el quechua traducía al castellano y paradójicamente ambos eran auténticos. En 1980 viajé a Jujuy, la provincia argentina donde mejor percibía los ecos del Cuzco. Buscaba esa luz milagrosa con que me habían bañado las palabras de Arguedas. Encontré un pequeño resplandor, como un rescoldo. Lo encontré o imaginé que lo encontraba y me afinqué en San Salvador, aparentemente para quedarme. Buscaba además un tiempo para leer y escribir que no podía siquiera concebir viviendo en Buenos Aires. Lo encontré también, aunque no podría definir en qué consistía ese tiempo: en Jujuy llegué a tener más de diez horas de clase por día.
Saldé algunas deudas de lectura y contraje otras que, espero, algún día pagaré. Y preferí por muchos años, acaso sensible a un parco destino nacional, los cuentos a las novelas. Creo que siempre recuerdo en algún momento del día, en algún nivel de mi conciencia, “Los venenos” y “La noche boca arriba”, de Julio Cortázar; “La intrusa” y “El Sur”, de Jorge Luis Borges; “La sierva ajena”, de Adolfo Bioy Casares; “El desierto”, de Horacio Quiroga; o “Un horizonte de cemento” y “Kid Ñandubay”, de Bernardo Kordon. Ciertos textos ya forman parte de uno. Es difícil pensarse a sí mismo sin ellos. Están en nuestras miradas, en nuestros gestos, en nuestra manera de amar y de odiar, porque estamos hechos de palabras, y muchas de las palabras más intensas que hemos aprendido provienen de la literatura.
La lluvia no es lo que era para mí, después de leer el soneto de Borges que dice:
“Bruscamente la tarde se ha aclarado
porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
que sin duda sucede en el pasado.”
O quizá yo sospechaba en mi angustia que la lluvia era cosa del pasado, pero no tenía la certeza. Desde que escuché escritas las palabras maravillosas, es una verdad absoluta; lo sé porque cada vez que leo ese soneto me cuesta cerrar el libro y despedirme de él. Una verdad parecida a la que alude Eugenio Montale en el susurro de su poema “Los limones”:
“Ves, en estos silencios en que las cosas
se abandonan y parecen cercanas
a traicionar su último secreto,
entonces acaso se espera
descubrir una equivocación de la Naturaleza,
el punto muerto del mundo, el eslabón perdido,
el hilo a desenredar que finalmente nos ponga
en el centro de una verdad.”

Tampoco nada es lo que era, desde que leí “Los mares del Sud”, de Cesare Pavese. La historia de todos los hombres parece llegar mansamente a nuestros cuerpos como las olas de todos los mares:
“Pero cuando le digo
que él es de los afortunados que han visto la aurora
sobre las islas más bellas de la tierra,
sonríe al recordar y responde que el sol
se alzaba cuando el día ya era viejo para ellos

Pienso que acaso no he sido un lector de muchos libros; pero he leído unos cuantos, intensamente. Sin embargo, a medida que transcurro en este oficio, me pregunto cada vez con mayores dudas si existe una diferencia real entre la lectura y la escritura. Y si el lector no está escribiendo su propia historia al correr sobre las palabras que ha dejado el escritor, como quien corre sobre las viejas piedras que se asoman en la superficie de un lago. Porque posiblemente el escritor haya armado ese camino de piedras, al pasar sobre las que dejó algún otro.
Detalle de una ilustración de Quint Buchholz para su obra El Libro de los Libros. Historias sobre imágenes (Barcelona, Lumen, 1998).




De María Héguiz
La lectura es un encuentro.
  1. Pensarse en el silencio, desde el silencio.
  2. Los libros no vienen solos, vienen con nuestra historia.
  3. Los libros son una extensión de uno mismo.
  4. El libro es algo vivo. Está directamente relacionado con la vida.
  5. Los libros son voces, abren el pensamiento a un mundo que no imaginaba.
  6. Es importante que leamos, somos dueños de nuestra palabra, recuperemos nuestra voz.
  7. Antes que la voz, está el silencio. En el silencio se gesta la voz.
  8. Decir las palabras, respirar el silencio.
  9. La voz tiñe literalmente nuestra vida.
  10. cuando hay vivencia personal  se cuenta con intensidad.
  11. Cuanto más intensa es la imagen, más intensa es la palabra.
  12. El gesto surge, porque el cuerpo es sabio.
  13. Cada cuento tienen una atmósfera distinta.
  14. El relato puede fallar sino hay rito del relato.
  15. El había una vez, es el portal del imaginario, hay que crear ese espacio inicial.
  16. La palabra es cuerpo, no intelecto, es sensualidad.
  17. Preparar antes de empezar, el cuerpo, la voz, la lectura.
  18. Las pausas en la lectura, se van descubriendo con el otro.
  19. El Subtexto: es el cómo se dice, lo que hay detrás de lo que se dice.
  20. La voz es energía.  

"Cada palabra es como si fuera una cajita que hay que abrir, y dentro de la cajita, cada palabra lleva una almendra que hay que probar", dice el escritor Heraclio Zepeda.


Mi frase es: El texto se descubre, se disfruta, no se somete a un proceso de disección como si fuese un objeto de laboratorio, para apreciar este tipo de propuestas, se puede recorrer cada una de las actividades desarrolladas y observar como el trabajo del mediador apunta a que los chicos lean como verdaderos lectores que realizan un esfuerzo para desentrañar los sentidos del texto, como lo comentan, lo evalúan y, si todo va bien, hasta lo recomiendan a otro chico. En definitiva, esta última tarea, es la que, comúnmente los adultos lectores autónomos y competentes hacen con los libros.
Campaña nacional de promoción de la lectura, cuadernillo del mediador de lectura.
Ministerio de educación, programa nacional de innovaciones educativas.
carla flores (carlanilda_flores@hotmail.com)

Es cierto que la lectura puede perturbar las formas de organización social en las que el grupo ejerce primacía sobre el individuo, allí donde se cierran filas en torno a un patriarca o de un líder. Lo que está en juego con la difusión de la lectura es quizá el cambio hacia otras formas de pertenecer a una sociedad. Y justamente por eso, hoy todavía, los poderes políticos fuertes prefieren difundir videos, o si acaso fichas, o textos seleccionados, que se entregan con su interpretación y comentarios, limitando al máximo todo posible “juego” y dejando al, lector la menor libertad posible. 
De manera inversa, helecho de luchar contra la reducción del sentido de las palabras a uno solo, el hecho de hacer jugar el sentido de las palabras, es algo que puede tener efectos políticos. Con la literatura, nos situamos en un registro muy distinto del correspondiente al discurso de la comunicación, que se supone transparente, sin sujeto. Como afirma el psicoanalista tunecino Fethi Benslama, “con la literatura, pasamos de una humanidad hecha por el texto a una humanidad que hace el texto” 

Michèle Petit, Lecturas: del  espacio íntimo al espacio público. México: Fondo de Cultura Económica, 2001. Pág. 58 – 59.

Claudia Beltran (claudiad.beltran@gmail.com)
 "Pocas cosas existen tan cargadas de magia como las palabras de un cuento" . Ana Matrute. Ed.Plus Ultra.Graciela Susana Presente

TEXTO EXTRAIDO DE :
LA GRAN OCASION.
LA ESCUELA COMO SOCIEDAD DE LECTURA.
MINISTERIO DE EDUCACION.
CIENCIA Y TECNOLOGÍA.
PLAN NACIONAL DE LECTURA. TEXTO Y TRAMA DE GRACIELA MONTES.
DE PRACTICAS E INTERVENCIONES 2: TEJIENDO TRAMA...
"EL MAESTRO TIENE OTRO PAPEL FUNDAMENTAL QUE DESEMPEÑA EN ESTA HISTORIA: EL DE AYUDAR A LOS LECTORES A INGRESAR AL GRAN TAPIZ PARA ENTRETEJER EN EL SUS LECTURAS. ALENTARLOS EN LA AVENTURA DE APROPIARSE DE LA HISTORIA, DE SEDIMENTOS  DE SIGNIFICACIONES, DE LOS RELATOS, LOS MUNDOS DE LA IMAGINACION, LOS UNIVERSOS CULTURALES, LAS IDEAS...
...UNA HEBRA QUE SE ENLAZA CON OTRO Y OTRO Y OTRO MAS, UN DIBUJO QUE SE EXTIENDE, EN ARABESCO SORPRENDENTE...SI LO QUE SE LEE ES UN RELATO HOMERICO HABRA MUNDOS MITOLOGICOS, FILOSOFICOS Y ESTETICOS QUE CRUZARAN EL TEXTO MUCHAS VECES LA HISTORIA DE DEDALO  Y SU DESEO DE VOLAR."

EL TEXTO ME AGRADÓ POR LAS PALABRAS QUE UTILIZO LA AUTORA PARA INVITAR  E INCENTIVAR A LOS LECTORES A ESA TRAMA, AL FONDO DE LA TRAMA, donde se deposita lo mejor de la MATERIA DE ESE SEDIMENTO,  DE  UNA HISTORIA, DONDE ESTA EL JUGO DEL RELATO,  LO QUE ALLI SE CONCENTRA, ESTA MUY BUENO!...Y QUE PODEMOS LLEGAR A DESCUBRIR AL HOMERO POETICO,,ESA FANTASIA QUE ESCONDE LA MITOLOGÍA PERO CON UNA GRAN VERDAD, ES DONDE SE ENCUENTRA EL ORIGEN DEL MUNDO, QUIZAS QUE NOS INVITEN A DESCUBRIR Y ENCONTRAR IMAGENES CON UN SENTIDO SAGRADO, CON UNA GRAN HISTORIA PARA CONOCER, PARA DESENMARAÑAR... FABULOSO!
elsa rodriguez (elsanoro@hotmail.com)

“… la lectura constituye una importante forma de crecimiento tanto personal como social porque es un espacio de encuentro con uno mismo y los otros.
            La experiencia de la lectura proporciona una instancia de placer y de juego, que desarrolla y amplía los límites de la creatividad  y la imaginación en quienes leen. Pero además, constituye un lugar posible para comprender la realidad, para participar en ella, para modificarla.
La práctica frecuente de la lectura posibilita, también, la formación de lectores independientes y autónomos, capaces de ser críticos frente a la propia cultura y a la cultura del mundo. “Leer nos cambia y eso ya es una forma de cambiar el mundo”, sostiene Daniel Pennac…


Actis, Beatriz. Cómo promover la lectura. Buenos Aires: Longseller, 2006.
Glauh Castro (glauh_28@hotmail.com)


“El uso total de la palabra para todos me parece un buen lema, de bello sonido democrático. No para que todos sean artistas, sino para que nadie sea esclavo”
                                                             Gianni Rodari (Gramatica de la fantasía, México comamex 1987)


 
Encuentro de Marc Soriano, LA LITERATURA para NIÑOS Y JÓVENES- Guía de exploración de sus Grandes temas- 750 págs. Ediciones Colihue- 1995.
CUATRO PREÁMBULOS Y 23 CONSEJOS SENCILLOS PARA AYUDAR A LOS PADRES Y A LOS CHICOS A ELEGIR SUS LIBROS.
(PÁGS. 725 a 734)
PRIMER PREÁMBULO
Comencemos por interrogarnos nosotros mismos. El niño suele imitar lo que realmente somos y no lo que creemos ser o lo que queremos parecer. ¿Qué credibilidad puede tener nuestro consejo de que lean si nosotros mismos no somos lectores?
SEGUNDO PREÁMBULO.
Los padres analfabetos funcionales o "malos lectores", que abundan mucho en esta época, no tienen porqué disimular esa carencia frente a sus hijos. Por lo general, se benefician de otra cultura, tan prestigiosa como la imprenta, la cultura de la tradición oral. Pueden y deben transmitírsela a sus hijos; y  luego, habiendo tomado conciencia de su dignidad, hacer el intento, sin sentirse humillados, de acceder al mismo tiempo que sus hijos del universo de lo escrito, que cada vez es más necesario en nuestros días para evitar la desocupación y la exclusión...
TERCER PREÁMBULO
Tal como ha dicho magníficamente Daniel Pennac, el verbo leer no se conjuga en el imperativo.* Y, podríamos agregar: tampoco el verbo AMAR. De modo que evitemos decirles a nuestros hijos. "No estás leyendo lo suficiente" o "te conviene leer" o "Lee esto o esto otro". Más bien dejemos que revuelvan los estantes en nuestras bibliotecas o los mostradores de las librerías. Son ellos los que tendrán que descubrir los libros que habrán de amar.
*Daniel Pennac. Comme un roman, París, Gallimard, 1992. En español, Como una novela, Bogotá, Grupo Editorial Norma, 1993. [N. de T.]
 
CUARTO PREÁMBULO
No olvidemos jamás que para un bebé, el libro no es sino un objeto entre otros y que nos corresponde a nosotros, padres y educadores, hacerle comprender que se trata de un objeto excepcional, que capaz de dar miedo y de tranquilizar al mismo tiempo. Nos corresponde a nosotros permitir ese primer contacto acariciante y reconfortante, impregnándolo de nuestro calor y nuestra ternura. Lo ideales transformar los primeros libros en "objetos transicionales", ponerlos a competir con las muñecas y los osos peluches.

Creo que estos preámbulos encierran conceptos claros en cuanto a lograr más adeptos al mundo de las trasmisiones orales de nuestra cultura y al de la palabra escrita, al de la literatura.
Un saludo. Viviana ARAGÓN veapatagonia@hotmail.com

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